El aire y otros gases resisten los movimientos realizados “dentro” de ellos. Gracias a esto es que el paracaídas funciona: cuando el paracaidista salta, él está sometido a una fuerza de resistencia ejercida por el aire que se manifiesta como un fuerte viento hacia arriba que aumenta a medida que cae.

La velocidad descendente también aumenta hasta alcanzar un valor de umbral. Es conocido que un paracaidista en caída libre alcanza una velocidad máxima de alrededor de 200 km/h, pero sin la fuerza de la resistencia del aire alcanzaría velocidades mucho mayores: saltar desde una altura de 1.000 metros llegaría a la tierra con una velocidad de 508 kilómetros por hora.

Cuando el paracaidista abre el paracaídas, la fuerza de resistencia se convierte en mucho más grande debido a la forma y el área del paracaídas. Con esto su velocidad disminuye rápidamente alcanzando valores inferiores a 10 km/h, bastante seguro para un aterrizaje suave y sin que el paracaidista se llegue a fracturar ninguna parte de su anatomía.

Es importante señalar que el paracaidista abre su paracaídas a una altura en específico, puesto que si lo hace antes o muy después, sus riesgos son muchos mayores en no tener una buena caída.

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